viernes, 1 de julio de 2016

CNV IV - Conectando sentimiento y necesidad

 «Lo que hacen otros puede ser el estímulo de nuestros sentimientos, pero no la causa»
M. Rosenberg
Hasta ahora, hemos visto los dos primeros componentes de la CNV. El primero se centra en la observación de lo que ocurre en una situación dada, en qué dicen y/o hacen los demás, identificar la emisión de juicios y evaluación de la situación, así como qué cosas de las que observamos nos gustan y cuáles no. El segundo se centra en el sentimiento que nos provoca dicha situación, qué emoción nos produce, cómo nos sentimos al respecto.
En este post, hablaremos del tercer pilar de la Comunicación No Violenta, adentrándonos en qué es lo que conecta los sentimientos con nuestra necesidad real, así como los aspectos que nos ayudan a identificar qué moviliza dicha necesidad.
Las necesidades están en la raíz de nuestros sentimientos. Todos los juicios, críticas, diagnósticos e interpretaciones que realizamos de los demás, suelen ser expresiones de nuestras propias necesidades.
Si alguien nos dijese: "Tú no me entiendes", es posible que lo que nos esté diciendo en realidad es que "su necesidad de ser comprendido no está satisfecha".
De manera muy frecuente, cuando manifestamos nuestras necesidades de manera indirecta y nos valemos de evaluaciones y/o interpretaciones, es probable que los demás perciban críticas en nuestras palabras y respondan con una actitud defensiva a modo de contraataque. Sin embargo, en la medida que seamos capaces de conectar nuestros sentimientos con nuestras necesidades, aumentarán las posibilidades de que los demás respondan a ellas de manera más empática y comprensiva.
En esta fase, pues, es importante identificar el origen de nuestros sentimientos, conocer cómo solemos recibir los mensajes y cuál es el estilo que predomina en nuestra forma de reaccionar ante ellos.
Lo que hacen y/o dicen los demás puede ser el estímulo, pero no representa la causa de nuestros sentimientos. Éstos son el resultado de la actitud con la que recibimos lo que dicen o hacen los demás, así como de la intermediación de nuestras necesidades y expectativas en ese momento.
Normalmente, nos suele ocurrir que estamos mejor preparados para identificar y analizar los defectos que percibimos en los otros que para expresar con claridad cuáles son nuestras propias necesidades.
Existen cuatro opciones en cuanto a la manera en la que podemos recibir un mensaje negativo:
Culpándonos. Esto ocurre cuando nos tomamos el mensaje de manera personal, captando en él acusaciones y críticas. Esta opción vulnera nuestra autoestima pues nos lleva a sentirnos culpables, avergonzados, deprimidos...
Mensaje: "Eres la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida"
Respuesta: "Si, es verdad, debería ser más sensible con los demás"
El mecanismo básico para motivar a alguien a través de la culpa consiste principalmente en atribuirle la responsabilidad de los propios sentimientos: "Papá y mamá están muy tristes por las malas notas que sacaste". De esta forma, se está comunicando de manera encubierta que sus malas notas del hijo son la causa de la infelicidad de los padres. Los niños que aceptan tal responsabilidad y modifican su comportamiento de acuerdo con los deseos de sus padres, no actúan de manera espontánea, sino que lo hacen para evitar sentirse culpables.
Culpando a otros. Se suele optar por esta opción cuando se siente rabia, ira, cuando se devuelve el mensaje “como si fuese una pelota que quema”.
Mensaje: "Eres la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida"
Respuesta: "Tú sí que eres el egocéntrico, no tienes derecho a decirme eso"
Percibiendo nuestros propios sentimientos y necesidades. Esta alternativa se da cuando tomamos conciencia de nuestros sentimientos y necesidades y lo expresamos de manera asertiva. Recordemos en este punto, que la comunicación asertiva implica no sólo expresar con claridad nuestras sensaciones y pensamientos sino, además, poder transmitir al otro desde una posición de respeto lo que esperamos de él.
Mensaje: "Eres la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida"
Respuesta: "Me duele que digas eso, porque me gustaría que reconocieras los esfuerzos que hago para tener en cuenta tus preferencias"
Percibiendo los sentimientos y necesidades de los otros. Esta fase suele darse cuando, siendo consciente de nuestros propios sentimientos y necesidades, vamos un paso más allá intentando comprender qué es lo que consideramos que siente y necesita nuestro interlocutor a través del mensaje que nos transmite.
Mensaje: "Eres la persona más egocéntrica que he conocido en mi vida"
Respuesta: "Creo que te sientes herido porque quizás te gustaría que tuviese en cuenta tus preferencias"
Lamentablemente, se nos ha educado de manera muy pobre en lo que respecta a pensar en nuestras necesidades e identificarlas. El curso biológico de nuestra evolución, inicia con la anticipación e interpretación por parte de nuestro cuidador de nuestras necesidades cuando somos pequeños. Nuestra indefensión ante el mundo en esta etapa, conlleva un sinnúmero de frustraciones que se hacen intolerables sin la participación inmediata de otro. De esta forma, la interacción con este otro dota de significado nuestra llamada de atención y su acción está destinada a aliviar la frustración y cubrir la necesidad de forma directa. A medida que el curso del desarrollo avanza, el lenguaje entra en escena y se convierte en un mediador, haciendo la satisfacción de las necesidades menos directa y condicionada a su expresión y transmisión. La comunicación, así, mediatiza la manera en la que sentimos, pensamos y transmitimos nuestra necesidad. La fantasía de que el otro pueda adivinar o anticiparse a nuestra necesidad, viene de estos primeros momentos de la vida en donde la frustración quedaba minimizada por la acción del otro, lo que nos lleva a una búsqueda de esa satisfacción más primaria, de forma también primitiva. El deseo de minimizar la frustración, el esfuerzo o la incomodidad que nos produce la necesidad no satisfecha, nos lleva entonces a esperar que el otro sea quien “descubra o descifre” nuestra necesidad, con la falsa creencia de que “si para nosotros es evidente para el otro también ha de serlo”.
Hemos aprendido a creer que son los demás quienes se equivocan cuando nuestras necesidades no son satisfechas, o deseamos de forma regresiva que las "adivinen", sin necesidad de expresarlas. Parecemos tener cierta "vergüenza" de expresar lo que nos gustaría satisfacer –y muchas veces también cierto desconocimiento al respecto- y hacemos peticiones a los demás de manera encubierta. Muchas veces la expresión asertiva de lo que esperamos, necesitamos o deseamos, se asocia culturalmente a una actitud egoísta, y dicho malentendido “egoísmo” está culturalmente penalizado, lo que dificulta que nos comprometamos a hacer cambios en este sentido. Sin embargo, en la medida en la que comencemos a reflexionar sobre ello y tomar conciencia de cómo solemos actuar en este aspecto, abrimos espacio a nuevas perspectivas que representan un gran paso hacia el cambio.
La experiencia muestra de manera inequívoca que, desde el momento en el que las personas comienzan a conversar sobre qué necesitan, en lugar de “actuar” su necesidad o basar el intercambio comunicativo sobre los mutuos defectos, aumenta de manera considerable la posibilidad de que encuentren maneras de satisfacer sus necesidades. Sin embargo, para que esto sea posible, es necesario que nos demos el espacio y el permiso de preguntarnos qué necesitamos de nosotros mismos, de la situación y del otro, así como qué sentimientos están vinculados a la satisfacción o falta de respuesta ante dicha necesidad.