lunes, 1 de agosto de 2016

CNV V - Aprendiendo a expresar nuestras necesidades

Foto: Arteide
En un mundo donde a menudo se nos juzga con severidad
cuando reconocemos y expresamos nuestras necesidades,
hacerlo puede ser aterrador.

Solemos ser precavidos a la hora de expresar nuestras necesidades por la interpretación que se puede hacer de ello. De hecho, en nuestra cultura, no se nos enseñó a hacerlo, bien por un ancestral miedo a quedar expuestos, a mostrar vulnerabilidad, a recibir críticas, desaprobación, a querer que se cumplan sin tener que pedirlo esperando la muestra de lo mucho que le importamos a los demás...
El tercer componente de la CNV es el reconocimiento de las necesidades que hay detrás de nuestros sentimientos.
Un colectivo especialmente sensible en este sentido es de algunas mujeres, educadas para ignorar sus necesidades y cuidar a los demás, lo que las hacer ser más susceptibles a las críticas. Este tipo de mujer se ve en la sociedad como un ser cuya obligación primordial consiste en cuidar de los demás, a la que frecuentemente se le enseña a ignorar sus necesidades. Si no valoramos nuestras necesidades es posible que los otros tampoco lo hagan.
Foto: Women RW500
Una mujer le confesó a su hijo: “Acabo de darme cuenta de que me he pasado treinta y seis años enfadada con tu padre porque no satisfacía mis necesidades, y ahora veo que era porque no se las manifesté claramente ni una sola vez”. Esta mujer, cuando era niña y pedía cosas solía recibir una reprimenda de sus hermanos y hermanas: «¿Cómo te atreves a pedir tal cosa? Sabes que somos pobres. ¿Te crees que eres la única persona de la familia?». Acabó teniendo miedo de manifestar a los demás lo que necesitaba porque pensaba que sólo le reportaría críticas y desaprobación.
En el proceso de desarrollo hacia un estado de responsabilidad emocional, solemos pasar por tres etapas en nuestra forma de relacionarnos con los demás:
Primera etapa. Es la que se denomina como “esclavitud emo­cional” pues nos percibimos responsables de los sentimientos ajenos. Es como si nos tuviésemos que esforzar continuamente en hacer felices a los demás y, si vemos que no lo conseguimos, nos sentimos responsables y obligados a hacer algo para que lo sean. Este tipo de actitud nos lleva a ver a las personas que nos son más próximas como una verdadera carga. En el caso de relaciones sentimentales, se puede ver el amor como la negación de sus propias necesidades y la obligación de satisfacer las necesidades del ser amado.
Segunda etapa. Es la fase "antipática", en la que nos sentimos enojados; no queremos ser responsables de los sentimientos ajenos. Tenemos clari­dad de aquello sobre lo que no tenemos responsabilidad pero todavía no hemos aprendido cómo ser responsables ante los demás de una forma que no nos esclavice emocionalmente. En esta etapa puede ocurrir que, aunque seamos conscientes de la esclavitud emocional a la que estábamos sujetos, aún no sepamos comunicar nuestras necesidades de manera asertiva. Se suelen arrastrar sentimientos de temor y de culpa por darle un lugar y querer satisfacer nuestras propias necesidades. Por lo tanto, no es raro que acabemos expresándolas de una manera que puede sonar rígida e inflexible a oídos de los demás.
Foto: Bill Wagner
Pongamos el ejemplo del “niño perfecto” que ignora sus propias necesidades para complacer a otros. Su padre, al darse cuenta de ello le dice que nota que con mucha frecuencia renuncia a satisfacer sus deseos para complacer a los demás y que le gustaría que expresara con más frecuencia sus necesidades, a lo que su hijo le contesta: “pero, papá, yo no quiero disgustar a nadie”. Tras proponerle algunas formas en las que podría conectarse asertivamente con las personas cuando están disgustadas sin necesidad de responsabilizarse de sus sentimientos, advirtió en su hijo señales que evidenciaban que empeza­ba a manifestar más abiertamente sus necesidades. No tardó en recibir una notificación del director de la escuela de su hijo en la que le comentaba que estaba molesto porque su hijo se había presentado un día en clase en mono de trabajo y cuando se lo comentó la respuesta había sido: “«¡Váyase a la m...!» Evidentemente no era la mejor forma de manifestar sus necesidades pero había superado con éxito la etapa de la esclavitud emocional y se encontraba en la etapa antipática.  Había aprendido a manifestar sus deseos y se arriesgaba a afrontar el disgusto de los demás. Sin duda, todavía debía aprender a manifestar sus necesidades de manera fluida y respetando las de los demás, y hay que confiar que esto ocurriría con el tiempo.
Tercera etapa. En esta ocurre la liberación emocional, en la que nos responsabi­lizamos de nuestras intenciones y acciones. Dejamos de responder a las necesi­dades de los demás por miedo, sentimiento de culpa o vergüenza, y en su lugar aparece la compasión. Comenzamos a ser conscientes de que no conseguiremos satisfacer nuestras necesidades a través de los demás. La liberación emocional implica expresar claramente cuáles son nuestras necesidades, teniendo también en cuenta la satisfacción de las necesidades de los demás. Curiosamente, cuando lo que hacemos por necesidad propia nos satisface, esta sensación también repercutirá en los demás.
Importante tener en cuenta que no estamos hablando de matemáticas y, aunque se hayan identificado tres etapas, no siempre se tendrán que experimentar las mismas. Existen muchos factores que influyen en este aspecto, tipo de familia de origen, los valores que se transmiten, los mitos que se tienen…
No obstante, independientemente de si se atraviesa por alguna de las dos etapas primeras u otro estado de dificultad en la expresión de necesidades, lo importante es conseguir hacerlo como se sugiere en la tercera etapa.
La CNV está concebida como un soporte en el que apoyarnos una vez alcanzado este nivel.
Ahora queda trabajar lo visto y practicar para ir asumiendo mejor la responsabilidad sobre nuestros sentimientos.