jueves, 3 de noviembre de 2016

Los recuerdos ajenos: una reflexión acerca de la "falsa memoria"

Elizabeth F. Loftus es una matemática y psicóloga que trabaja en el campo de la memoria humana y cómo ésta puede ser modificada. Sus experimentos han proporcionado información sobre aquellos eventos que, en palabras de la autora, inducen a ‘falsos recuerdos’. A partir de la revisión de sus estudios, nos animamos a hacer algunas reflexiones en cuanto al tema.
El trabajo de E. Loftus se centra, no solo en lo que olvidamos, sino cómo recordamos cosas que no ocurrieron, o el recuerdo de cosas distintas al hecho “real” y cómo ha acontecido.
Mucha gente cree que la memoria funciona como un dispositivo de grabación. “Sólo es necesario grabar la información, luego buscarla y reproducirla”. Sin embargo, décadas de trabajo en el campo de la psicología han demostrado que esto no es así. Nuestros recuerdos son reconstructivos. La memoria funciona como una página de Wikipedia, puedes ir y cambiarla, y también pueden hacerlo otros.
Los estudios de Loftus brindan un ejemplo en cuanto a esto:
¿’Un’ faro o ‘el’ faro? Loftus descubrió a través de un experimento que un simple artículo puede cambiar los recuerdos. Sometió a un grupo de sujetos a la visión de un accidente. Si el investigador les preguntaba si había «un faro roto», los testigos negaban haberlo visto. Sin embargo, si se les preguntaba por «el faro roto» confirmaban su existencia, aunque en realidad, no había ningún faro roto en la simulación.
¿El coche chocó o se estrelló?. - En el experimento, se preguntaba asimismo a las personas que habían observado el accidente de coche:
-       ¿A qué velocidad cree que iba el coche que usted acaba de ver en las imágenes en el momento del accidente?;
Posteriormente, se hacía la misma pregunta a otro grupo de personas que había visto las mismas imágenes con un ligero cambio:
-       ¿A qué velocidad cree que iba el coche que usted acaba de ver en las imágenes cuando chocó?
Y, por último, se hacía una tercera pregunta a otro grupo de participantes en cuanto al mismo accidente:
-       ¿A qué velocidad cree que iba el coche que usted acaba de ver en las imágenes cuando se estrelló?
Los testigos del segundo grupo decían que los coches iban más rápido que los testigos del primer grupo, y los observadores del tercer grupo se inclinaron, incluso, a decir que vieron cristales rotos en la escena del accidente, cuando no había ninguno en absoluto. Las claves introducidas en las preguntas marcaron la diferencia en cuanto a la percepción, como por ejemplo, si el coche chocó o se estrelló.
También se ha comprobado que cuando las personas están bajo situaciones estresantes, si además se les alimenta con información sugestiva que puede insinuar cosas que realmente no ocurrieron, como puede ser el caso de un niño bajo el efecto de un interrogatorio "agresivo", "abusivo" u "hostil" por parte de un adulto durante cierto lapso de tiempo, han llegado a identificar erróneamente a alguien que ni remotamente se parecía al sujeto verdadero.
Estos estudios demuestran que cuando a las personas se les proporciona información “incorrecta” acerca de alguna experiencia pasada, se puede distorsionar, contaminar o cambiar un recuerdo.
En el mundo real, la información es variada y masiva y –paradójicamente- la desinformación está en todas partes. Recibimos “desinformación” no sólo a través de preguntas sugestivas, sino también cuando hablamos con otros observadores que, consciente o inconscientemente, nos facilitan información errónea acerca de algún evento que hemos experimentado.
Tras estos descubrimientos se ha podido comprobar que se pueden implantar “falsos recuerdos”, lo que tiene repercusiones que afectan el comportamiento mucho tiempo después que el recuerdo sea asimilado.
La mayoría de la gente aprecia sus recuerdos, sabe que representan su identidad, quiénes son, de dónde vienen, pero como resultado de estas investigaciones se sabe que detrás de estas creencias puede esconderse cierta ficción.
La investigación de E. Loftus viene a señalar algo que ha sido históricamente un tema de estudio de muchas ramas del conocimiento, habla acerca de la forma en la que percibimos –de manera diferencial y en un juego constante con “la realidad”- los sucesos de los que somos testigos. Así, de alguna forma, no podemos fiarnos de saber distinguir los recuerdos “falsos” de los “verdaderos”.
E. Loftus realizó un experimento para explorar la diferencia entre cambiar un detalle o varios en una memoria intacta y, por otro lado, implantar una “falsa memoria” o un hecho que nunca ocurrió. El grupo experimental estaba conformado por personas de edades comprendidas entre los 18 y los 53 años, a quienes se les intentó implantar el falso recuerdo de haberse perdido en un centro comercial o en un gran almacén cuando tenían la edad de cinco años. Se utilizó material real ocurrido en sus vidas a esa edad, proporcionado por padres, hermanos o familiares cercanos. Se preparó un documento para cada participante que contenía historias, de un párrafo cada una, de tres situaciones que les habían ocurrido y se incluyó una historia que no les pasó. Se creó una situación falsa utilizando información de una salida de compras plausible proporcionada por un familiar, quien también informó que el participante nunca se perdió en una situación similar a los cinco años. El escenario incluía elementos como: estar perdido durante un periodo relativamente largo de tiempo, llantos, ayuda y consuelo por parte de una mujer anciana y, finalmente, el reencuentro con la familia. Al final del experimento, el 29% de los participantes recordaban parcialmente o completamente la situación falsa construida para ellos. Este experimento demuestra que existe una forma de infundir falsas memorias y nos da una idea de cómo esto puede estar ocurriendo en la vida real.
Es muy poco probable que un adulto pueda recordar auténticos recuerdos episódicos desde el primer año de vida, en parte debido a que el hipocampo, que juega un papel clave en la creación de recuerdos, no ha madurado lo suficiente como para formar y almacenar recuerdos duraderos que se puedan recuperar en la edad adulta.
“En el caso de los niños menores de seis años los procesos de control de la realidad no se han desarrollado del todo y son más vulnerables a que sugerencias de información se incorporen a su mente como vivencias”, explica el profesor Antonio L. Manzanero, experto en Psicología del Testimonio y profesor de la Universidad Complutense. Sin embargo, “ya que los falsos recuerdos no solo se dan por inducción sino por errores de los propios procesos normales de memoria, también pueden producirse en la edad adulta”.
Este efecto fue demostrado en un estudio realizado por Saul M. Kassin y sus colegas de la Universidad de Williams, quienes investigaron sobre este tema a través de las reacciones de los participantes de su estudio, falsamente acusados de dañar un ordenador al pulsar una tecla equivocada. Los participantes (inocentes) negaron inicialmente la acusación, pero cuando un cómplice de los experimentadores aseguró haberles visto realizar la acción, muchos de los participantes confirmaron que sí lo hicieron, aun cuando no había sido así en realidad.
Este tipo de investigaciones brindan una comprensión de cómo se crean falsos recuerdos. En primer lugar, hay demandas sociales sobre los individuos a tener en cuenta; por ejemplo, los investigadores ejercen cierta presión sobre los participantes durante el experimento para llegar a generar los recuerdos. En segundo lugar, la construcción de la memoria y los acontecimientos por medio de la imaginación se puede fomentar de manera explícita cuando las personas están teniendo problemas para recordar. Y, por último, los individuos pueden ser alentados a no cuestionarse si sus construcciones son reales o no. La creación de falsos recuerdos ocurre con más probabilidad cuando estos factores externos están presentes, y su ocurrencia en el entorno experimental nos habla de cómo puede darse este hecho en la vida cotidiana de una persona. No obstante, aún queda por avanzar en la investigación para tener datos más concretos acerca de las características que definen a personas que son particularmente susceptibles a esta forma de sugestión, así como de las que son más resistentes frente a ella.
Este tipo de investigaciones plantean, sin duda, un amplio escenario de reflexiones. Vivimos y somos en un contexto social, donde la mutua influencia es parte de la naturaleza humana. Quizá lo más importante en este sentido, dados los datos arrojados por los distintos estudios en relación con la memoria, es que seamos sensibles ante el hecho de cómo influimos en las construcciones de los demás, en su narrativa autobiográfica y en la forma en la que se puede incorporar información ajena a la experiencia personal. En esta línea, cabe asimismo una reflexión acerca del manejo que hacemos de la información. En un mundo en donde la información se multiplica cada día, el manejo de la misma pasa a ser un tema de supervivencia y adaptación, de manera que esto pueda enriquecer las vivencias en lugar de acallar la individualidad de las mismas generando, de manera paradójica, un estado de desinformación.

Fuente:
-       Ted Global – Elizabeth Loftus: la ficción de la memoria
-       Scientific American – 1997 – Creating False Memories – Elizabeth F . Loftus –University of Washington